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- En realidad nunca nadie le dice a uno toda la verdad (Fanor)-

viernes 29 de enero de 2010

ODAZI NEBSIS (Fanor)

- Buenos días futuros galenos. Soy profesor de la Facultad de Medicina desde hace 15 años y estoy encargado de recibir a los alumnos que inician su rotación en clínicas.

Les extendió la mano y les dijo:

- Dios le concedió al hombre la ciencia y la vocación, para servir. A partir de ahora ustedes se van a aproximar a los pacientes; lo deben hacer con sumo respecto, con profunda consideración y con gran afecto por ellos; en verdad ellos son muy generosos al permitir que lleguemos a sus cuerpos para saber más de las enfermedades; con esto nos dan la oportunidad de profundidad en el conocimiento, para que lo podamos aplicar luego con más propiedad, con mayor destreza, con más confianza y con mejores resultados. Sin embargo ustedes se van a acercar, fundamentalmente, a lo más sublime del ser humano: a su esencia; se van a acercar al alma, al sentimiento, a la intimidad; lo que hallarán en el contacto con el enfermo, es al hombre mismo.

Recuerden siempre que son pocas las personas que, como ustedes, tienen la invaluable oportunidad de formar la mente, moldear la inteligencia y desarrollar habilidades, para comprender el verdadero sentido del ser humano.

Y sentenció: Señores, primero el hombre ¿de acuerdo?

Guardaron silencio, era su primer día y las palabras del profesor los habían dejado perplejos. Sus afanes estaban en ver enfermos, en mirar y palpar lo que decían los libros y las clases, en escuchar síntomas y confrontarlos con los signos; en formular hipótesis diagnósticas y discutirlas con el médico tratante; en proponer planes terapéuticos, pero nunca habían pensado en ser médicos para verse a sí mismos. Era desconcertante este recibimiento.

- Síganme por favor.

Pasmados, los tres jóvenes caminaron tras su profesor hacia la habitación de uno de los enfermos.

El doctor iba pensando asuntos que no tenían nada que ver con la medicina ni con la ciencia. Lo mortificaba lo que acababa de predicar, por lo insostenible que se había convertido contrarrestar las fuerzas del mundo y mantener la fidelidad a los principios de la profesión. El concepto del paciente por encima de todo y del hombre sobre toda consideración sonaba obsoleto. Lo de la profesión en función del ser humano, del sentido altruista de ella y en fin, aquello que alumbró su quehacer médico por muchísimos años, lucía anticuado.

Abrió la puerta de la habitación y saludó al paciente.

- ¿cómo amaneció?

Historia clínica número 1313. Hospital Divina Providencia. Paciente: Odazi Nebsis. Hombre de raza negra, de 78 años de edad, natural de Rodó (Chocó) y residente en el área rural de este municipio.


Motivo de consulta y enfermedad actual: Hace aproximadamente un mes empezó a sentir “desaliento y dolor en el hígado”. Desde la semana anterior “no pasa bocado” y su esposa le observó un tinte amarillo en los ojos.

Al examen físico: paciente lúcido, en pésimo estado general, enflaquecido, ictérico, acusa dolor a la palpación en la parte superior derecha del abdomen. Se detecta crecimiento hepático. No hay otros hallazgos.

Diagnóstico de ingreso: cáncer de hígado.

Conducta: exámenes de sangre y radiografías urgentes, para iniciar tratamiento.

- Amanecí bien, doctor; con dolor, pero… bien, y ¿a usted cómo le ha ido?
- Muy bien hombre, permítame presentarle a los señores: ellos son los nuevos estudiantes de medicina.
- Mucho gusto doctores. Odazi, servidor.
- Señorita ¿por qué no están los exámenes que ordené anteayer?
- Aún no hay autorización para tomarlos, doctor.

Los estudiantes miraron a su profesor. ¿Exámenes ordenados anteayer? ¿No hay autorización? ¿No es él quien ordena? Nadie les había hablado de esto.

El doctor captó el desconcierto en los alumnos, pero se hizo el desentendido. Dio nuevas instrucciones a la enfermera:

- Iniciemos, entonces, medicamentos antitumorales…

Ya iba a escribir en la historia, cuando le interrumpió ella:

- Doctor, previamente debe llenar la forma de papelería para solicitar el visto bueno del interventor y liquidar la contribución del paciente.
- Mmm ¿Usted sabe cuánto puede tardar el trámite?
- Si el señor tiene el dinero y si los parámetros de edad, diagnóstico, posibilidades de sobre vida y demás están en el plan de coberturas, el visto bueno es cuestión de dos o tres días solamente, doctor. Tan pronto llegue, pasaré el pedido de la farmacia y si los medicamentos están en el listado autorizado, creo que a finales de la semana entrante ya estarán aquí.

En silencio, como contraído por dentro, el doctor pensó: no es su culpa… pero tampoco es su padre.

Con aparente serenidad, escribía y leía:

- Suministrar dos tabletas de analgésico cada 4 horas.
- Doctor, debe llenar la forma de la papelería con todos los datos de identificación del paciente y resumen de la historia y formular el analgésico con nombre genérico de los de la lista autorizada.

El médico, alejándose un poco del paciente, expulsó todo el aire de sus pulmones y dijo a sus alumnos:

- Esta situación no la imaginó Hipócrates, ni la sospechó el pensum. Es la lucha profundamente solitaria del enfermo contra su enfermedad; es también la evidencia de la rivalidad de lo técnico y lo humano, del criterio y la norma, de lo racional y lo irracional, del espíritu y la materia. Es lo posible hecho imposible; es el cambio de principios y al final su derrota. Lo que han visto es el resultado de la ecuación costo – beneficio aplicada a la vida. En el fondo, es el hombre contra el hombre. Y aunque sé que este es el mundo de hoy, sigo pensando que primero el hombre.

Se acercó a Odazi Nebsis, le dijo:

- Voy a hacer todo lo posible para que le inicien tratamiento muy pronto.

Con rostro resignado, contestó:

- ¿Sabe que Doctor? Yo aquí atisbando a los jóvenes que vinieron a aprender, a la señorita que trabaja aquí en la Divina Providencia y a usted que entiende del dolor y de la muerte, pienso que lo mejor para todos, es que me dé la salida.

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