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- En realidad nunca nadie le dice a uno toda la verdad (Fanor)-

lunes 28 de septiembre de 2009

No se porque

No se porque:
En realidad no se porque a veces odio a Carlos Gaviria, a Petro, a Jorge Robledo.
No se porque a veces odio al alcalde, al gobernador, al ministro de trasporte.
A veces odio a Alvaro Uribe, a Fajardo y a Mokus.
A los dirigentes deportivos, al presidente del DIM, al gerente del Nacional a la hinchada y a los que escuchan a Bolillo.
Inicialmente no pero ahora odio y no se porque a Ingrid, a Clara Rojas, a Luis Eladio.
A veces odio y otras veces ignoro a Moncayo a Yolanda Pulecio y a Jose Obdulio.
a Zapatero y a Sarkozy tambien lo odio.
En realidad no se porque.
Dependiendo del humor de Yamid, de Gosain o de Arizmendi, odio o ignoro a la gente.
Odio o ignoro: lo que diga Julito, Felipe Zuleta o Coronel.
Odio o ignoro si ese es el humor de Nestor Morales o Mauricio Vargas.
24 horas de noticias, empeoradas por acentos, tonos y semi tonos; por frases y gestos, por ademanes y mañas.
Frase y palabras que hacen sentir obstinadamente odio o desprecio. Frases y palabras que envenenan el alma y hacen fruncir el seño.
Y no se porque odio.
Silencio.
Silencio
Silencio

Prueba movil al blog

martes 21 de julio de 2009

A Tomás Villa (Tato Millan)

Villa recibió el balón y por primera vez en su vida pensó en la muerte. Pensó que la vida tenía final. Que si erraba esa pegada, que si la pelota no atravesaba la línea final y besaba la red, su vida podía acabar. Por primera vez tuvo la certeza de la vejez, que ya no era joven y lo cubrieron todos los recuerdos.

Recordó la cucha, la vieja Rosa que lo parió bajo el fuego, cuando se tomaron El Socorro. No tuvo opciones de ir hasta el Hospital porque el Ejército y la Policía cerraron todas las salidas del barrio para que nadie escapara, ni siquiera ella, que el único crimen que cometió fue dejarse comer por Francisco. Años después, a Villa le decían de todo sobre su papá, pero él no creía porque su cucha, la vieja Rosa le decía que no era verdad, que no creyera lo que decían, que no creyera en nada. Y Villa no creyó. No creyó en las leyendas criminales de Francisco y solo confió en las palabras de la vieja Rosa, la cucha: Que Francisco fue sacrificado, masacrado por la autoridad el mismo día que nació. Sin embargo, fuera lo que fuera, quería ser otra cosa. Solo quería patear un balón, golpearlo hasta el dolor como lo hacía su cucha cada vez que la cagaba, pegando hasta llorar, con la claridad ambos que esa era la única forma de borrar a Francisco de la faz de sus recuerdos.

Apenas Villa acarició la pelota y la tuvo entre sus piernas, un defensa bardero le abrió las piernas y le mostró la parte baja de los guayos, amenazante y entonces amagó y dudó. Y sintió miedo. Por primera vez una sensación de inseguridad lo invadió. Nunca en sus 28 años de vida tuvo una duda. Siempre decidió al instante lo que tenía que hacer. Muchas veces se equivocó, como aquel zapatazo en la final del pony, cuando frente a un arco solitario decidió que era mejor patear que dársela a su compañero y la mandó a la mierda, como mandó a la mierda la final y quedó solo con una medallita de plata. Nunca dudó. Dijo sí sin titubear que le quitaran el respirador artificial a la cucha que en menos de dos meses un cáncer brutal se le comió los pulmones. No dudó en casarse, no dudó en tener hijos, no dudó en firmar con Nacional así le tocará una vida entera en la banca. No dudó cuando se fue del barrio. "Ahí les dejo los recuerdos", les dijo a los amigos que quedaban cuando salió en un camión con la cama, las tablas, nevera y fogoncito eléctrico. Villa nunca dudó y ahora le aparecía esa sensación junto a la evidencia de la muerte, justo cuando se decidía tanto.

-¡Pateá pues hijueputa!- llovió desde la tribuna.

Villa quedó solo frente al arco, el portero estaba vencido y por el rabillo del ojo, un compañero le alzaba las manos. Estaba allí, de nuevo frente a la posibilidad de ganar. Peleó tanto por estar en ese lugar otra vez. Descendió a los infiernos y resucitó a los tres años. La maldita lesión de ligamento cruzado cuando Cañita Grisales le atravesó la rodilla con un mazazo intencional en un entrenamiento. Villa quedó tendido en el suelo y Cañita ni se devolvió a mirarlo. Él salió con la rodilla colgando y sin comprender que su regreso estaba más lejos que su llegada. Peleó contra todo: contra la EPS que aseguraba que no tenía registros de pagos a su favor, contra el equipo, contra el olvido. Regresó por la puerta de atrás. El "Médico" Toro, viejo amigo del barrio le dio chico en el Itagüí. Un año peleado descenso, viajando en bus, tribunas vacías, campos demenciales anegados en barro y huecos, árbitros vendidos por miserias. Entonces regresó, pero ya no por calidoso, sino por terco. Terco como un burro que se hacía matar en cualquier cancha y eso le gustó al profe Gutiérrez, que lo vio en una previa y quedó encantado con esa masa de huesos que chocaban con todo. Sin miedo y sin dudas. Con determinación de kamikaze y sin ínfulas de diva. Perdió la vanidad, porque el talento se le quedó en los pies de Cañita. Así le respondió Villa al profe Castillo cuando lo llamó para el primer entrenamiento: "Es imposible que tenga orgullo, porque no tengo rodilla", le dijo. Trabajó con determinación, puso más allá de sus límites y aunque apenas le alcanzaba para estar en la banca, su lugar de costumbre, era feliz. El profe le daba la chance y Villa ponía todo, mataba por la pelota, arrancaba tobillos, canillas y rodillas. Pero no pasaba del medio campo, quitaba y entregaba, Fácil. Corría, mataba y amarilla. No más, no había nada más que eso en el campo. La parte de adelante era una zona prohibida, a pesar de los ánimos del profe que lo invitaba a subir, como en sus viejos tiempos, él decía que no. Villa sabía que su talento se había reducido a nada, que su rodilla no tenía la capacidad de llevarlo hasta esa parte de la cancha. Perdió la confianza y por eso la banca, porque muchas veces el profe necesitaba volumen de ataque y con Villa perdía sorpresa, llegada. Hasta hoy, por supuesto, cuando no quedó más remedio que entrar. Era la final y a Mejía lo partieron entre los doble cinco que planteó el equipo contrario. Era la final Villa y no se podía responder que no. Bastaba el empate, mantener la pelota, porque en Bogotá, Botero la puso por el palo del arquero en un tiro libre alucinante. Así que no se necesitaba desgastarse con idas y venidas. Veinte minutos en que no pasó mayor cosa: marca asfixiante sobre El Príncipe Cardona, el diez contrario y listo. Faltando quince, Buitrago lo pintó de amarillo y aguantó. Entonces sucedió, Lopera se descolgó por la izquierda en un avance sorpresivo y él era el único que estaba cerca para acompañarlo. Era la final Villa, no se podía decir que no. Lopera siguió su carrera hasta cinco metros antes de que se acabara la cancha y mando el pase. Villa recibió la pelota, sintió miedo, la certeza de la muerte y pensó en su cucha, la vieja Rosa. Por el rabillo del ojo vio que Botero le pedía el balón. Pensó dejar en otras manos este instante de incertidumbre. El estadio completo bramó pidiendo el golpe fulminante, la muerte súbita, el beso de la red para ser campeones otra vez. Entonces se dejó de pendejadas, cerró las manos, miró al frente y después que se alejaron la sensación de la muerte y el miedo, saboreó las primeras gotas de la gloria.

Y pateó.

lunes 8 de junio de 2009

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viernes 20 de febrero de 2009

Como nos cambia la vida ayer era uno y hoy soy OtRoOoOoO (Jota)

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Felipe Pelaez